Nota de Juan Carlos Villalonga, Director Político Greenpeace y Presidente del Consejo Consultivo energiaslimpias.org
El mundo vive tiempos decisivos. Este año es crucial para las negociaciones internacionales sobre el cambio climático. Un desafío en el que los tiempos se nos han acortado dramáticamente debido a la falta de acción desde que la Convención sobre Cambio Climático fue puesta en marcha en 1992. Todas las expectativas convergen en la próxima reunión en Copenhague a finales de este año. Allí deberá surgir una segunda fase del Protocolo de Kioto, más sólida, más restrictiva en cuanto a la emisión de gases de efecto invernadero y con la participación activa de los Estados Unidos. Si eso no sucede el panorama será muy desalentador y preocupante.
Al mismo tiempo, desde hace meses el mundo ha entrado en un período de turbulencia y fragilidad económica que ha hecho girar toda la atención internacional, y en el interior de cada país, hacia mecanismos de salvataje de economías que están perdiendo empleos de manera dramática. Los pronósticos auguran una situación económica grave para los próximos años.
Este inesperado escenario de crisis económica ha puesto en dudas la voluntad que pueda existir para que en Copenhague la comunidad internacional, y especialmente, las principales economía mundiales, acepten ajustar su cinturón para reducir sus emisiones que provocan el calentamiento global, las que tienen una relación directa a la intensidad de la actividad económica. Si prevalece una actitud conservadora y que priorice la reactivación económica por las vías tradicionales, estaremos verdaderamente en problemas.
La comunidad científica internacional ha señalado que las emisiones globales debieran alcanzar su pico máximo antes del año 2015 y luego comenzar a descender fuerte y sostenidamente para tener chances de evitar una catástrofe climática global. Como puede verse, es muy poco el tiempo del que disponemos para comenzar a reducir las emisiones e iniciar una curva descendente de las mismas. No hay margen. De allí que la crisis económica no puede generar más demoras en las políticas de mitigación de emisiones.
Una catástrofe como la que preanuncia informes como el del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (PICC) es de una magnitud cuyas consecuencias económicas harán parecer a la actual crisis financiera mundial como un detalle menor.
Sin embargo, las políticas contracrisis y las políticas climáticas pueden marchar en la misma dirección si hay una visión renovada en las políticas de desarrollo.
Quienes venimos impulsando el desarrollo e introducción masiva de las energías renovables y eficiencia energética hemos señalado con insistencia el gran impacto que esas tecnologías tiene en la generación de empleos y su velocidad de puesta e marcha. No son detalles menores y ahora comienzan a ser descubiertos por algunos economistas clásicos. Las estadísticas y las proyecciones son muy favorables para impulsar la energías renovables, cuyo caso más destacado es la energía eólica, cuyo desarrollo es muy dinámico y su impacto económico y en el empleo puede percibirse allí donde esa industria es promovida.
Una serie de estudios económicos muestra que las inversiones que los estados realizarán masivamente en los próximos meses y años para generar obras públicas y sostener el empleo y la actividad económica, bien pueden concentrarse en la transformación de la matriz energética global. Si eso ocurriera, podríamos tener inversiones y una inyección de actividad económica para sostenerlos empleos y una renovación tecnológica imprescindible para mitigar el cambio climático.
El actual programa de rescate económico en discusión ahora en Estados Unidos posee una gran componente “verde”. La discusión no es menor y los intereses en juego tampoco.
Según uno de los estudios realizados sobre esto, y que ha sido un insumo en los debates pre-electorales en Estados Unidos, ha sido realizado por el Political Economy Research Institute (PERI) de la University of Massachusetts-Amherst. Este informe, publicado en septiembre de 2008, como respuesta a la emergente crisis económica, muestra cómo un programa de inversiones de 100 mil millones de dólares puede impactar en el empleo en ese país. Se toman tres opciones para dirigir tal volumen de dinero: en inversiones “verdes”, en el sector petrolero y en el consumo. El programa de recuperación económica “verde”, basado en energías renovables y en eficiencia energética, es capaz de garantizar unos 2 millones de empleos. La misma cantidad de dinero puesto en motorizar el consumo de bienes y servicios, genera alrededor de 1,7 millones de puestos de trabajo. El sector petrolero sólo aportaría unos 542.000 empleos si se destinara la inversión de los 100 mil millones de dólares.
No hay indicadores que puedan hacer sospechar que los resultados serían muy diferentes en otras economías del mundo. Los ejemplos de aquellos países que han apostado a algunas de estas industrias “verdes” lo pueden mostrar. Sólo que ahora sería deseable y necesario pasar a una escala superior de inversiones y promociones.
Como siempre decimos, no se trata simplemente de colocar nuevos subsidios, a veces se obtienen resultados con tan sólo quitar subsidios que actualmente recibe la industria de los combustibles fósiles y generan una competencia desigual con otras fuentes energéticas o redirigirlos.
Estamos quizás ante la disyuntiva de este siglo respecto del clima. Nada indica que no sepamos qué hacer y que eso que tenemos que hacer sea imposible o desventajoso. América Latina hoy también discute grandes programas de inversiones o subsidios de bienes de consumo. ¿Habrá capacidad para pensar en preparar nuestras economías para un futuro más estable y ambientalmente más sustentable?