¡Hasta la próxima misión!

El Barco Esperanza terminó su misión en el Pacífico Sur. Felipe Vallejo nos cuenta qué fue lo mejor de estos meses a bordo y nos deja algunas imágenes que resumen la vida en altamar:


Viajar en barco es una experiencia increíble, y más cuando estos viajes tienen una misión con la que te identificas y visitas lugares que siempre has soñado. Es lo que me pasa siempre que me embarco con Greenpeace, y esta expedición defendiendo el Pacífico 2011 no ha sido una excepción.


Estar varios meses lejos de tu tierra y de tu gente siempre es difícil y uno extraña todo: la novia, la familia, los amigos, la comida, la cama y el baño propios…¡TODO! Pero a la vez sientes que lo que sacrificas vale la pena porque puedes vivir “otra vida” dentro de los barcos; conoces gente muy interesante de la que aprendes mucho, haces amigos que te van a durar toda la vida, conoces lugares que antes sólo habías imaginado mientras veías un mapa, y lo más importante de todo, haces algo real y tangible para luchar por ideas y principios que tienes dentro de ti y en los cuales crees con convicción.

En esta expedición al Pacífico Sur hemos aprendido más acerca de lo que pasa con el atún y con todas las especies que caen como pesca incidental y que se convierten en víctimas de prácticas no sustentables que usa la industria pesquera en todo el mundo. También hemos podido ver lo que sucede cuando los países deciden proteger zonas del océano, y hemos sido testigos de cómo la vida y la diversidad marinas abundan en estas áreas marinas protegidas.

Durante algunos meses pudimos ver una gran cantidad de barcos pesqueros y todos ellos eran de países lejanos. Esa es otra de las grandes injusticias de esta historia: más del 80% de la pesca en esta zona del Pacífico no es aprovechada por los países que la conforman sino por grandes industrias extranjeras que, al haber terminado con los peces cerca de sus costas, ahora viajan miles de kilómetros para pescar donde todavía queda algo y, sin haber aprendido nada, hacen lo mismo que ya hicieron en otros mares. Hemos intentado impedir que sigan haciendo esto, hemos liberado peces que cayeron como “pesca incidental” en las líneas de barcos pesqueros, hemos controlado que se cumpla la prohibición de pescar con DAP (Dispositivos Agregdores de Peces) en ciertas zonas o los hemos sacado del agua, hemos encontrado y reportado varios casos de pesca pirata, pero principalmente, hemos tratado de enviar el mensaje al mundo de lo que está sucediendo aquí todos los días del año y desde nuestras oficinas en varios países seguiremos peleando para que los países involucrados tomen medidas que salven al atún.

La vida en el Esperanza no es la de un crucero de turismo: es un barco de trabajo y por lo tanto uno siempre está haciendo su labor, ayudando a alguien, limpiando (o ensuciando) algo, moviéndose de un lado a otro.

Siempre he querido poder contar o describir lo que hacen mis compañeros de viaje en sus actividades diarias mientras están lejos de sus casas y de sus familias, poder transmitir lo que sentimos al estar varios meses en el mar, y aunque escribir no es mi fuerte, este blog me ha servido para intentarlo.

Desde Greenpeace trasmitimos la necesidad de crear una red de reservas marinas en todos los océanos, incluyendo aguas internacionales, en las que no sea permitido utilizar ciertas técnicas de pesca que están llevando a la extinción a muchas especies de millones de años que significan un importante porcentaje de las economías y la nutrición de todos los países del Pacífico Sur.

Ahora que este viaje terminó quisiera agradecerles por haber seguido estos relatos y espero que les ayuden a tener una idea de cómo es la vida en uno de nuestros barcos y que sepan que es gracias a su apoyo que podemos navegar y proteger los océanos de todo el mundo. Les dejo unas fotos para que conozcan a algunos de los tripulantes y vean lo que vivimos en estos meses en altamar.


¡Que las disfruten!

Una vez más, muchas gracias por apoyarnos y seguir nuestras aventuras. ¡Hasta el próximo viaje!

Felipe.


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La increíble vida bajo el océano

Felipe Vallejo nació en Ecuador y desde chico soñaba con trabajar en Greenpeace. Hoy es miembro de la tripulación que navega el Océano Pacífico en una campaña para proteger el atún , una especie que, por la pesca irresponsable, está al borde la extinción. Felipe comparte con nosotros sus experiencias a bordo del Esperanza, uno de los míticos barcos de Greenpeace. Ésta es la sexta entrega ¡Con un apasionante día de buceo!

Les escribo con mucho retraso. ¡Espero que al final de este post sientan que la espera valió la pena! Como saben, en el Esperanza soy jefe del equipo de buceo. O sea que mi responsabilidad es conducir de manera segura y efectiva las operaciones de buceo, ya sean para documentar la vida submarina, para realizar alguna acción o para reparaciones en el barco.

En esta expedición uno de los objetivos es documentar la vida bajo la superficie, por lo tanto siempre son parte del equipo un fotógrafo y un videógrafo submarinos y sus respectivas parejas de buceo. (¿Sabían que una regla básica del buceo es usar el sistema de parejas bajo el agua? Así, si surge alguna emergencia uno siempre tendrá alguien para que le ayude). Por lo general buceamos cuatro personas, en el bote están el piloto y un tripulante, y tenemos otro bote de seguridad. Además en el puente del Esperanza donde el doctor de a bordo está pendiente de cualquier novedad.

Tenemos un kit de primeros auxilios y uno de oxígeno de emergencia siempre con nosotros. ¡Ojalá nunca los necesitemos! Además llevamos algunas cosas que pueden sonar extrañas: una botella de vinagre, muy efectiva contra picaduras de animales marinos; un tarro de leche que nos permite visualizar la velocidad de la corriente al vertir un buen chorro desde el bote; mucha agua, bloqueador solar y algo para comer pues hay veces que permanecemos varias horas alejados del Esperanza.


Hace algunos días buceamos a 500 kilómetros de la costa más cercana, entre Nauru y Tuvalu, y con el fondo marino ¡a 5 mil metros de profundidad! Estas son oportunidades que no se tienen muy a menudo fuera de expediciones como ésta. Describir con palabras lo que vemos bajo el agua es difícil así que prefiero dejarles algunas fotos y un video donde pueden ver estas maravillas con sus propios ojos. Mi sueño es que en el futuro la gente todavía pueda disfrutar de estas increíbles escenas en vivo y no solamente como un recuerdo grabado en imágenes.

Desde Greenpeace trasmitimos la necesidad de crear una red de reservas marinas en todos los océanos, incluyendo aguas internacionales, en las que no sea permitido utilizar ciertas técnicas de pesca que están llevando a la extinción a muchas especies de millones de años que significan un importante porcentaje de las economías y la nutrición de todos los países del Pacífico Sur.

Los dejo con las imágenes ¡Espero que disfruten de la fabulosa vida acuática tanto como yo!

 

¡Un abrazo y hasta la próxima!

Felipe.


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El Esperanza en manos de un correntino

Felipe Vallejo nació en Ecuador y desde chico soñaba con trabajar en Greenpeace. Hoy es miembro de la tripulación que navega el Océano Pacífico en una campaña para proteger el atún , una especie que, por la pesca irresponsable, está al borde la extinción. Felipe comparte con nosotros sus experiencias a bordo del Esperanza, uno de los míticos barcos de Greenpeace. Ésta es la cuarta entrega ¡No te la pierdas!

¡Hola! Disculpen la ausencia estos días, es que la conectividad a bordo del Esperanza ha estado muy fluctuante. ¿Recuerdan que hace un tiempo les hablé de Nacho? Bueno, hoy quiero presentarles al otro tripulante argentino del barco: Wally.

Se llama Waldemar Wichman, tiene 41 años y es el capitán del Esperanza. Cada vez que puede deja ver lo orgulloso que está de su tierra, a la que llama “República de Corrientes”. Gracias a sus relatos, he podido conocer algo de esta parte tan linda de la Argentina que todavía no he tenido la suerte de visitar. Se ocupa de preservar la vida a bordo, de cuidar de los bienes de la organización y minimizar el impacto ambiental del barco y es el responsable último de todas las operaciones a bordo. ¡Mucha carga sobre sus hombros!


Después de cursar su entrenamiento en la Escuela Naval Militar en Río Santiago, provincia de Buenos Aires, y graduarse como oficial naval de la Armada Argentina ha tenido la suerte de navegar en todo tipo de embarcaciones: el Arctic Sunrise , el Esperanza y el antigüo Rainbow Warrior que acaba de dejar de operar con nosotros y se ha convertido en un hospital flotante. Wally es sin duda uno de los capitanes con más experiencia en nuestra organización.

Ha navegado por todos los océanos, incluidas las aguas del Ártico y de la Antártica donde estuvo defendiendo a las ballenas contra la matanza por parte de los balleneros japoneses, además de haber participado en nuestras campañas de desarme -bloqueo de los submarinos nucleares Trident en Gran Bretaña- contra la guerra de Irak en puertos de Bélgica y Holanda, contra la sobrepesca, contra los productos genéticamente modificados, contra la tala de bosques, contra la energía nuclear y muchas otras que lo han llevado a todos los rincones de la tierra y le han permitido cumplir con sus dos pasiones: navegar y cuidar el ambiente. Éstas fueron las razones
por la cuales siempre quiso poner sus habilidades a disposición de Greenpeace, aunque confiesa que jamás soñó con llegar a ser capitán de los barcos de Greenpeace. Él asegura que más bien la vida lo fue trayendo a este lugar.

Wally considera una suerte el poder tener un trabajo positivo, con significado, que busca mejorar la calidad de vida de todos y le motiva el trabajar generando cambios. Cree que la presencia de varios de sus compatriotas en nuestros barcos se debe a la calidad profesional de los argentinos. Quisiera ver a su país como uno de los jugadores claves a favor del ambiente a nivel mundial y trabaja con orgullo para llegar allí.

Para mí es un gusto poder compartir estos meses en el mar con él, y a pesar de que a veces es un poco “peligroso” encontrarse con él en la mañana cuando acaba de despertar, a lo largo de los días y noches he podido disfrutar de conversaciones de política, de la situación social, historias del mar, cuentos de su tierra y muchas otros relatos y discusiones que han hecho que este viaje no sea solo un trabajo sino una fuente de aprendizaje y de forjar nuevas amistades… un viaje que nos enriquece a todos mientras intentamos ayudar a que el mundo siga siendo un buen lugar para vivir.

 

 

Ese es Wally, el mejor Capitán que podríamos desear. Prontito les traeré más noticias desde el Esperanza. ¡Hasta el próximo post, amigos!

Felipe.


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Los cielos del Esperanza

Felipe Vallejo nació en Ecuador y desde chico soñaba con trabajar en Greenpeace. Hoy es miembro de la tripulación que navega el Océano Pacífico en una campaña para proteger el atún , una especie que, por la pesca irresponsable, está al borde la extinción. Felipe comparte con nosotros sus experiencias a bordo del Esperanza, uno de los míticos barcos de Greenpeace. Ésta es la cuarta entrega ¡No te la pierdas!

¡Hola a todos! ¡Disculpen la demora! La conexión satelital ha estado muy mala por estas zonas del Pacífico. Ya llevamos embarcados más de 60 días, de los cuales la gran mayoría han sido navegando muy lejos de tierra. Nos encontramos todavía en aguas internacionales y pronto estaremos entrando en aguas de Papua, Nueva Guinea, uno de los países ecológicamente más diversos del mundo tanto en tierra como debajo del mar. Y qué decir de la gente, solamente imaginen que se hablan más de 800 idiomas a lo largo y ancho del país.

El patrullar el océano Pacífico es una misión muy difícil, estamos casi todo el tiempo en aguas internacionales, lejos de todo y tratando de encontrar barcos pesqueros o dispositivos agregadores de peces (DAP), es casi como buscar una aguja en un pajar. Pueden leer más sobre los DAP en este post que escribí hace un tiempo.

Para esto nos ayudamos del helicóptero, con el cual podemos cubrir un área mucho más grande en menos tiempo, y cuando divisamos algo desde el aire tomamos los puntos GPS y dirigimos al Esperanza hacia esa zona. (Pronto les contaré de uno de los vuelos en los que tuve la oportunidad de observar cosas muy lindas en el agua).

En esta ocasión hemos encontrado menos actividad que en años anteriores, algo que a pesar de tornar el viaje en algo más monótono puede ser una buena noticia pues puede significar que los pesqueros están utilizando menos estas
áreas de aguas abiertas que estamos tratando de convertir en reservas marinas
desde hace algunos años.

Como les decía, patrullar el océano muchas veces es un tema de paciencia y perseverancia y en el Esperanza todos estamos enfocados en esto y dispuestos a seguir haciendo esto hasta que la gente, los gobiernos, las empresas y los consumidores- nos demos cuenta de que hay que detener estas malas prácticas ya.

Quería enviarles algunas fotos de los paisajes que tenemos la suerte de observar a diario. En el Pacífico los atardeceres y amaneceres son espectaculares y cuando el cansancio de la vida a bordo te tiene un poco bajoneado sólo es necesario levantarse temprano en la mañana o salir después de la cena (acá se come muy temprano, 6 pm) para ver estas imágenes y darse cuenta de la suerte que tenemos.

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Espero que hayan disfrutado las vistas. Pronto prometo tenerles más
novedades desde el Pacífico Sur. ¡Hasta el próximo post!

Felipe.

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Nacho, de Mar del Plata al Pacífico Sur

Felipe Vallejo continúa contándonos sus días en el Esperanza mientras navega por el Océano Pacífico Sur. Esta vez, nos presenta a Ignacio Soaje, uno de los dos argentinos que integran la tripulación del mítico barco de Greenpeace.

¡Hola! ¡Qué alegría comunicarme de nuevo con ustedes! Hoy quería hablarles de un compañero de mates y largas charlas, con mucha experiencia en ultramar y encargado de nuestra seguridad a bordo. Como les conté en la primera entrega de este blog, entre las 22 nacionalidades que tenemos, hay dos argentinos, y él es uno de ellos. Se llama Ignacio María Soaje y nació en la ciudad de Mar de Plata hace 35 años.

Para Nacho estar cerca del mar es natural. Hizo su entrenamiento como piloto de ultramar con la Marina de Guerra Argentina y la Marina Mercante. Fueron 15 años en los que tuvo la oportunidad de navegar en la Fragata Libertad, en varias corbetas y en submarinos. Pero él soñaba con ser parte de Greenpeace. Por eso, para entrar a la organización, insistió durante un año. Lo logró y, desde hace dos años, hizo varios viajes a bordo de este barco y del Arctic Sunrise.

Se ocupa de la lucha contra incendios y del salvamento en el mar. Coordina la operación del helicóptero, pilotea los botes semirígidos y hace guardias de navegación en el puente todos los días entre las 4 y las 8 horas tanto de la mañana como de la tarde, lo que lo convierte en el único tripulante que ha visto todos los amaneceres y atardeceres del viaje.

Entre mates o tererés, he tenido la oportunidad de compartir estas guardias con él y les puedo asegurar que nuestras charlas son una de las mejores partes de navegar. Me gustaría poder describirles con palabras lo importantes que son. Cada conversación nos lleva a tierra y a los que están allá, y sus palabras me dejan ver que lo más duro para Nacho es estar lejos de su novia Flor, de su familia y de sus amigos; pero a la vez el apoyo de ellos y de toda la gente de Greenpeace que le mandan mensajes le dan las fuerzas necesarias para sostener esa sonrisa constante que todos los demás sabemos apreciar.

Con Greenpeace Nacho recorrió los ríos del Amazonas y de otras regiones del Brasil, el Atlántico Norte, el Pacífico Sur y el Ártico, donde navegó bajo la Aurora Boreal. Desde la particular perspectiva que impone la cubierta de un barco, Nacho siente que ve el mundo desde otra óptica. Lo que más lo enorgullece, dice él, es trabajar en un lugar en el que “su esfuerzo no es para engrosar el bolsillo de nadie sino para pedir algo muy normal: que cuidemos nuestro planeta”. Ese es Nacho.

Espero que hayan disfrutado de conocerlo tanto como yo. En próximos posts les presentaré a más miembros de esta tripulación increíble.
Gracias por estar ahí, ¡hasta el próximo capítulo!

Felipe.

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¡El Esperanza en acción!

Felipe Vallejo nació en Ecuador y desde chico soñó con trabajar en Greenpeace. Hoy es miembro de la tripulación que navega el Océano Pacífico en una campaña para proteger el atún, una especie que, por la pesca irresponsable, está al borde de la extinción. Felipe comparte con nosotros sus experiencias a bordo del Esperanza, uno de los míticos barcos de Greenpeace. Ésta es la segunda entrega ¡No te lo pierdas!

¡Hola, acá yo transmitiendo desde el Esperanza nuevamente! Les cuento que como éste es un barco grande, donde convivimos más de 30 personas, todos hacemos de todo. Aunque tengas una posición definida, cuando se te necesita para otra cosa tienes que estar disponible. Esto va desde el capitán hasta los voluntarios y va desde cosas como la limpieza diaria o ayudar en la cocina hasta pilotear los botes o hacer guardias a medianoche.

Por la mañana temprano, después de desayunar, nos repartimos las tareas de limpieza a bordo del barco. Y en esto participan hasta los periodistas que a veces nos acompañan (ahora tenemos dos, de Nueva Zelanda) que pronto se contagian del espíritu solidario que se siente aquí. Después cada uno va a su respectiva función, algunos a la oficina, otros a los talleres, otros a la sala de máquinas o al cuarto de control, otros a llenar los tanques de buceo, otros a pintar carteles o al puente a montar guardia de observación (buscar barcos pesqueros con los binoculares), etc.

Adrián, panameño de 33 años, es el primer oficial de navegación.

Api, de 25 años, voluntario de Fiji, asistente de cocina.

Rigoberto, panameño y segundo ingeniero a bordo.

Pero cuando encontramos un blanco y decidimos hacer una protesta, las rutinas
quedan de lado y todos nos ponemos en acción. Así sucedió el otro día.
Mientras navegábamos el Pacífico Sur, encontramos un pesquero taiwanés usando un palangre, un arte de pesca en el que se tiende una línea principal (¡en este caso tenía 160 km. de largo!) de la que cuelgan miles de anzuelos con carnada. Después de algunas horas se saca para ver qué ha caído. Con este método hay muchísima pesca incidental y además de la especie dirigida – el atún – mueren tiburones, tortugas, aves marinas y más.

Por eso, cuando vimos al pesquero decidimos bajar los botes para protestar y solicitarles que salieran de este área. Como los camarógrafos estaban en el helicóptero a mí me tocó tripular uno de los botes y filmar y tomar fotografías. Transcurrieron 8 horas en el agua hasta que el capitán nos invitó a revisar sus registros y bodegas de pesca, en los que comprobamos que casi todo estaba en orden. Afortunadamente tampoco encontramos aletas de tiburón, una desagradable escena que casi siempre vemos en estos barcos. Amy -nuestra voluntaria taiwanesa – le informó al capitán sobre nuestra campaña para que estas zonas se conviertan en reserva marina.

Para que se den una idea, sólo en esta zona del Pacífico hay casi 6.000 de estos barcos que pronto están llevando a la extinción a muchas especies marinas. Esto tiene que parar o en pocos años no habrá nada más para pescar. Aquí les dejo el corto video que hice durante la acción y al final la imagen que salió en muchos medios de prensa de Taiwan. Espero que viéndolo sientan un poco más de cerca lo que sentimos los que tenemos la suerte de estar acá en el Esperanza.

¡Hasta la próxima!

Un abrazo,

Felipe.

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El Esperanza en los ojos de un activista

Felipe Vallejo nació en Ecuador y desde chico soñó con trabajar en Greenpeace. Hoy es miembro de la tripulación que va a navegar el Océano Pacífico en una campaña para proteger el atún, una especie que, por la pesca irresponsable, está al borde de la extinción. En adelante, Felipe compartirá con nosotros experiencias del viaje en el Esperanza, uno de los míticos barcos de Greenpeace. No te lo pierdas:

Cada vez que suena el teléfono y escucho "Felipe, te hablamos desde Greenpeace en algún país" se me pinta una sonrisa en la cara pues sé que se trata de otra oportunidad de navegar en uno de nuestros barcos.

Hace pocas semanas la llamada fue de Greenpeace Australia-Pacífico, la oficina que se encarga de una zona muy remota y exótica para nosotros los latinoamericanos y que comprende el trabajo en Australia, Papua Nueva Guinea, Islas Solomon, Fiji y la mayoría de "Estados Islas" del Pacífico Sur. Se trata de una nueva expedición para defender el Pacífico, la quinta desde que se inició esta campaña de protección del atún. Ya en el 2009 me había embarcado por tres meses y fue una experiencia increíble que pueden leer aquí.

Como de costumbre los preparativos son estresantes y apurados: después de revisar los equipos de buceo y de fotografía, armar las valijas, juntar toda la documentación para las varias embajadas, dejar las cosas en orden en la casa y tratar de pasar el mayor tiempo posible con mis seres queridos, el día del viaje me encuentra empacando hasta la madrugada y con la certeza de que me olvido varias cosas.

Los viajes suelen traer emociones encontradas, especialmente viajes largos como éste en el que uno no verá a su gente y a su tierra por varios meses. Pero al despegar y ver desde el aire a mi ciudad – Quito –me olvido de la nostalgia. Entonces me doy cuenta de lo afortunado que soy, primero por vivir en un lugar tan hermoso, y después por tener las oportunidades que tengo de viajar, de conocer mundos distintos al mío y, a la vez, hacer algo en lo que creo.

Llegar me lleva casi dos días de vuelo. Cuando aterrizo finalmente en Papeete y no llega mi maleta con todo el equipo de buceo decido no molestarme sino sonreír a todo el mundo y salir a conocer un nuevo país: ya solucionaré el problema mañana. Tomo un taxi, pido que me lleven al puerto y no puedo ocultar el orgullo cuando el chofer me comenta emocionado, sin saber a dónde me dirijo "¿Viste que está aquí el barco de Greenpeace?". Otra vez agradezco por esta oportunidad y me comprometo a poner todo de mi parte para que la expedición sea exitosa.

Ya en el Esperanza aprovecho el haber llegado a las 5 de la madrugada y tener el barco sólo para mí. Todos duermen, así que puedo recorrer cada rincón sin encontrar a nadie. Veo las nuevas fotos que han colgado en las paredes, reconozco algunos de los botes que he usado y veo alguno nuevo que ojalá pueda pilotear. Bajo al "Dive Locker" – mi oficina – para ver que todo esté en orden y finalmente subo al helipuerto para disfrutar del paisaje; después de todo no es muy frecuente el poder ver el amanecer desde el Esperanza y menos aún cuando estás en Tahití.

Aquí tendré la suerte de liderar el Equipo de Buceo un trabajo que es envidiado por muchos a bordo ya que tengo la oportunidad de vivir experiencias que pocos han vivido antes, las que trataré de relatarles en este blog.

La tripulación como siempre es muy diversa: ¡Tenemos 34 personas de 22 nacionalidades distintas! Algunos son ya viejos conocidos de otros viajes y los demás pronto lo serán porque la vida del barco hace que gente a la que uno recién conoce en muy poco tiempo parezcan amigos de toda la vida. El contingente latino está compuesto por dos argentinos, dos panameños y un ecuatoriano (yo). Es muy bueno tener gente de tu misma región y que habla tu mismo idioma pues te ayuda a no extrañar tanto a tu tierra.

¡Quédense por acá! Les seguiré contando sobre nuestras aventuras, nuestras protestas pacíficas y el día a día a bordo de esta embarcación, un viaje único que pocos podemos experimentar. ¡Hasta la próxima!

Si querés enterarte cómo siguen los días de Felipe a bordo del Esperanza, hacé click aquí para que te enviemos las actualizaciones a tu casilla.

Publicado por Felipe Vallejo

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Tierra firme, un adiós al Esperanza.

¡Hoy ya les escribo desde tierra!

Después de casi tres meses navegando por el océano Pacífico nuestra expedición llegó a su fin y la mayoría de nosotros ha regresado o está regresando a sus lugares habituales.

Hay sentimientos encontrados, porque tanto tiempo en el mar te llega a cansar mucho y es un verdadero “alivio” bajar del barco, pero también es muy triste porque en esos meses de convivir con tanta gente llegas a hacer buenos amigos y amigas a los que no sabes cuándo volverás a ver. Además, como dicen, la vida en el mar es más sabrosa.

Luego de navegar por miles de kilómetros tratando de evitar y documentar la manera irracional con lo que devastamos los mares, llegamos a las Islas Cook, un pequeño paraíso situado en el Pacífico Sur, entre la Polinesia Francesa y Fiji. Este hermoso país consta de 15 islas que juntas tienen un área de solamente 240 km. cuadrados, pero su Zona Económica Exclusiva tiene casi 2 millones de kilómetros cuadrados. Es decir que tienen una riqueza natural gigante que –como en la mayoría de casos en estos pequeños países isleños- no está beneficiando a sus pobladores sino a las grandes flotas industriales que vienen de países extranjeros.

Algunos datos que nos demuestran esto:

• El negocio global de la pesca mueve alrededor de 300.000 millones de dólares al año, pero estos países –en los que se pesca un alto porcentaje de ese negocio- reciben sólo 400 millones al año entre todos ellos.

• En esta región trabajan alrededor de 8.000 barcos pesqueros, de los cuales el 90% son de países ajenos a la zona.

La última etapa de este viaje tuvo como objetivo encontrar y reportar las actividades ilegales de pesca en el mar de las Islas Cook. Como ya no estábamos en aguas internacionales no podíamos “actuar” para detenerlas, pero en este caso el proveer de evidencias al gobierno sobre estos actos puede resultar más beneficioso que evitar que uno o algunos barcos pesquen.

En el mapa se presentan en color naranja las áreas en las que patrullamos durante casi tres meses en esta expedición y que estamos empujando para que se conviertan en reservas marinas, probablemente la última esperanza para el atún en este lado del Pacífico.

Un claro ejemplo de esto fue cuando después de varios días de encontrar barcos de distintas nacionalidades, y reportar sus posiciones y actividades, nos topamos con el Koyu Maru 3, un barco de bandera japonesa pescando ilegalmente en aguas de las Islas Cook (no tiene licencia de ese país). Las fotos –con la posición GPS- que tomamos desde el helicóptero permitieron al gobierno de este país iniciar un reclamo formal al gobierno de Japón. Nos contaron que ellos sospechaban hace tiempo de este barco y muchos otros de bandera japonesa, pero que es la primera vez que han logrado tener las evidencias necesarias que les permitirán exigir sanciones y recibir compensaciones económicas.

Es una confirmación más de lo importante que es el “dar testimonio”, uno de los principios originales de Greenpeace que ha logrado que todo el mundo se entere de tantas atrocidades contra nuestro planeta que habrían seguido escondidas si no hubiera habido alguien que las saque a la luz.

Ahora todos estamos contentos del trabajo realizado y queremos disfrutar de estar en tierra firme, pero estoy seguro de que voy a extrañar mucho al Esperanza y a toda la gente con quién compartí estos meses de mi vida. Espero volver pronto y seguir poniendo mi granito de arena para que el mundo continúe siendo un buen lugar para vivir.

Muchas gracias a todos los que leyeron mis mensajes y siguieron nuestra expedición. Sigan protegiendo al planeta, apoyando a Greenpeace y llevando una vida responsable. Disfruten todos los días del mundo hermoso que tenemos y hagan todo lo que puedan por cuidarlo.

Les mando un abrazo,

Publicado por Felipe Vallejo

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Freddy Toia, el tercer argentino del Esperanza

Nuestro barco El Esperanza tiene 72 metros de largo –el más grande de nuestra flota- y alcanza los 16 nudos de velocidad, ideal para expediciones de larga duración y con acciones rápidas. Tiene capacidad para acomodar a 38 personas entre tripulación y equipo de campañas.

Fue construido bajo pedido de la armada rusa para luchar contra el fuego, siendo la velocidad y la capacidad de navegar en el hielo algunas de las condiciones exigidas por ellos. Esto lo hace perfecto también para nuestro trabajo en las zonas polares.

Tomó muchos meses prepararlo para Greenpeace. Un sistema especial de combustible para evitar derrames, un nuevo y más eficiente sistema diesel/ eléctrico para la propulsión, tratamiento de aguas residuales a bordo (ahora sólo se arroja agua limpia al mar), un sistema de calefacción que aprovecha los desechos, pintura libre de tóxicos, aire acondicionado basado en amonio (en lugar de freón), son sólo algunos de los cambios que se realizaron antes de ponerlo a trabajar para nuestras campañas.

Adicionalmente se colocó el equipo normal de operaciones de Greenpeace, como un helipuerto y grúas para lanzar al agua los gomones, que nos permiten actuar rápido y con efectividad.

¿Quién estuvo a cargo de estas innovaciones y de las operaciones cotidianas de un navío de estas dimensiones? El argentino a bordo que me restaba presentarles: Freddy Toia.

Freddy nació en Mar del Plata, y después de estudiar en la Escuela Nacional de Náutica se dedicó a navegar desde el año 1994. Está con Greenpeace desde el 2002 y ha tenido la suerte de trabajar en los tres barcos: Rainbow Warrior, Arctic Sunrise y el Esperanza.

Sus responsabilidades son la operación, el mantenimiento y la reparación de todo lo mecánico y eléctrico en el barco, como la propulsión, generación de electricidad, equipos de prevención contra la contaminación de agua, desagües, cocina, aire acondicionado y calefacción, etc. Tiene bajo su mando un equipo de ingenieros que trabajan las 24 horas del día en la embarcación.

Su área es de suma importancia para la seguridad y bienestar de toda la tripulación, y él está al mismo nivel que el capitán del barco. Es un puesto difícil que toma muchos años en alcanzarse y los argentinos deben estar orgullosos de tener a un compatriota –que los representa muy bien- allí. Como lo está él al decir que “ayuda desde su lugar en el barco para que las campañas tengan un final feliz”.

Freddy ha participado en muchas de nuestras campañas, estuvo en Papúa Nueva Guinea por la campaña de Bosques, pasó todo un día en una barcaza bloqueando la descarga de tóxicos en Borneo, fue arrestado en Holanda por oponerse al desastre de Bhopal. La campaña contra la pesca ilegal en el Pacífico –en la que estamos ahora-, contra la pesca de arrastre en Alaska, contra el cambio climático en Groenlandia y dos veces en la Antártida contra la matanza de ballenas –en la que estuvo entre el arpón y la ballena varias veces- son algunas de las acciones que demuestran su compromiso con el planeta.

Aficionado a la música toda la vida, mientras navega escucha a sus bandas favoritas –Pescado Rabioso, Los Redondos, Divididos, Árbol, etc.- y toca la guitarra eléctrica en una banda casi-profesional que han montado en el Esperanza en el mismísimo cuarto de control.

Otra faceta en su carrera de marino es la de tatuador. Aprendió a tatuar en el 97 y desde allí han pasado por sus manos unas 20 o 30 personas de Greenpeace que no pierden la oportunidad de hacerse uno en el barco en el que navegan y que confían en su ya ganado prestigio de tener una mano firme y hábil.

Como los demás miembros de Greenpeace, Freddy está feliz de tener esta oportunidad de hacer algo positivo. “Puedo poner mi trabajo al servicio de algo que no es destructivo” dice, y aclara que así se hace más fácil el estar lejos de su familia a quienes extraña muchísimo en sus largos viajes por el mundo.

Freddy es otro ejemplo de cómo una persona “común” que hace bien su trabajo y piensa en el futuro puede convertirse en un defensor del planeta e influir positivamente en su suerte . Cada uno de nosotros podemos hacer lo mismo desde nuestros lugares.

Ya nos estamos acercando al final de este viaje de casi tres meses luchando por los océanos. Les mando un abrazo y les agradezco por seguir nuestra expedición.

Publicado por Felipe Vallejo

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El Esperanza contra la pesca ilegal. El control de los Dispositivos Agregadores de Peces (DAP).

Como les prometí en un post anterior, hoy me dispongo a contarles qué son los dispositivos agregadores de peces (DAP). Creo que importante compartirlo con ustedes, porque uno de los objetivos de nuestra expedición es comprobar si se cumple con la prohibición de utilizar los DAP, vigente durante los meses de agosto y septiembre de este año en las áreas que patrullamos.

Entonces, ¿Qué es un DAP y por qué debemos detener su utilización? No se sabe muy bien el por qué pero los peces tienden a acumularse bajo cualquier objeto flotante en el mar, lo que puede ocurrir por una sensación de seguridad, por la que cualquier objeto –un tronco, un tanque, una balsa- crea debajo de sí un verdadero ecosistema marino en cualquier lugar del océano.

El tanque de metal y la balsa de bambú son son dos tipos de DAP que encontramos en el mar. Debajo de ellos se acumulan los peces y los pesqueros los cercan con sus redes

La industria pesquera sabe de esta reacción natural de los peces y utiliza DAP artificiales para atraer y acumular a miles de ellos y pescarlos fácilmente en áreas de mar abierto. El problema es que al utilizar estos dispositivos las redes atrapan todo, lo que quieren atrapar y muchas otras especies –tiburones, tortugas, delfines, etc.- que al no ser valiosas para la industria son simplemente tiradas al mar, generalmente ya sin vida.

Las redes de los pesqueros arrastran todo lo que encuentran a su paso

Algunos de estos DAP están anclados al fondo marino y otros están flotando libremente equipados con un transmisor de radio que envía señales de su localización al barco que lo colocó, de esta manera lo encuentran fácilmente y después de un tiempo de espera vienen, cercan todo con sus redes y se llevan hasta el último ser que vive allí.

El problema se incrementa ya que los barcos modernos tienen gigantescas redes que pueden acabar con toda una población de peces –grandes y pequeños, machos y hembras- en una sola operación. Actualmente existen barcos tan grandes que uno sólo de ellos puede almacenar en sus bodegas más peces que toda la pesca anual de los pescadores artesanales de uno de los países isleños del Pacífico Sur.

Poco a poco estos barcos extranjeros están acabando con la vida en este océano quitando una fuente vital de recursos para estos países isleños, y lo están haciendo de una manera completamente insostenible. Si seguimos así, se terminará el atún en el Pacífico.

¿Cuál es nuestra misión? Como ya nos habíamos imaginado, la prohibición de utilizar los DAP no se respeta y se han seguido utilizando, por lo que decidimos tomar acción.

Cuando encontramos un DAP lo primero que hacemos es bajar al agua nuestro bote de buceo y nos metemos al mar con las cámaras submarinas para documentar lo que hay.

No se puede describir con palabras lo maravilloso que es estar allí. En un lugar aparentemente vacío, alejado cientos de kilómetros de cualquier tierra firme y con el fondo a 4.500 metros de profundidad, te encuentras rodeado de miles y miles de peces que nadan en círculos a gran velocidad. Uno siente lo increíble que es la naturaleza al ver decenas de tiburones nadando tranquilamente mientras pequeños peces les limpian la piel de parásitos en una danza que ha sucedido por millones de años. Y duele mucho el pensar que toda esta vida, toda esta riqueza va a ser eliminada en menos de una hora cuando un pesquero llegue a rodear el DAP con su red.

Por eso, después de documentar la vida marina, procedemos a retirar estos DAP del agua utilizando las grúas del Esperanza. Estos momentos nos llenan de emoción pues sabemos que esos peces que acabamos de ver están a salvo al menos por esta ocasión y que el trabajo que hacemos desde las oficinas de Greenpeace –gracias al apoyo que ustedes nos dan- para que se prohíban estos dispositivos en el Pacífico posiblemente les dé una oportunidad de seguir nadando libremente como lo han hecho siempre, en su casa.

La grúa del Esperanza retira un DAP del océano.

El Esperanza y la balsa de bambú.

¿Qué podés hacer vos? Quiero terminar este post desde aguas lejanas, recordándoles que no hay que estar a bordo para poder hacer algo más para salvar nuestros océanos. Si no contaminamos, si no utilizamos plásticos innecesariamente, si consumimos alimentos marinos pescados de manera sustentable y exigimos a las empresas responsabilidad al producir y desechar sus productos, todos estaremos contribuyendo positivamente a la conservación de los mares. Adelante.

Publicado por Felipe Vallejo

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