Activistas de Greenpeace bloquean al gigante petrolero Suncor en Canadá

septiembre 30, 2009 | Categoría: cambio climático, Greenpeace

Activistas de Greenpeace Canadá, Francia, Alemania y Brasil bloquearon hoy dos cintas transportadoras utilizadas para transferir el petróleo de una mina a cielo abierto a una planta de procesamiento de propiedad del gigante petrolero canadiense Suncor, exigiendo el cierre de las arenas de petróleo. Mirá la acción en vivo.

Las arenas de petróleo son una de las fuentes más sucias del planeta, y emiten 3-5 veces más que las emisiones de petróleo convencional solamente en la producción. Suncor es el segundo mayor emisor de gases de efecto invernadero con sus arenas de petróleo y está fuertemente financiado por numerosas instituciones financieras internacionales.

La acción de hoy ocurre 2 semanas después de que 25 activistas de Greenpeace consiguieron detener las operaciones de una mina propiedad de la empresa Shell y y a sólo una semana de que el ganador del Premio Nobel de la Paz y Jefe del Grupo Intergubernamental de Expertos de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (IPCC), Rajendra Pachauri, dijera que Canadá está fallando en sus acciones contra el cambio climático, y debe considerar la posibilidad de frenar el desarrollo de sus arenas de petróleo.

Publicado por Mariana Diaz Vaccaro

1 Comentario

David Cicotti dijo, octubre 2, 2009 @ 7:42 am

Estimo que la nota es interesante y refuerza la postura del colectivo, un abrazo David

Rebelion. La era del exceso energético o la vida después de la era del petróleo
Portada :: Ecología social
29-09-2009

La era del exceso energético o la vida después de la era del petróleo

Michael T. Klare
Sin Permiso

El debate actual gira en torno a una cuestión básica: si ya hemos alcanzado el
pico de la producción de petróleo o si ello no ocurrirá, como mínimo, hasta la
próxima década. De una cosa no hay dudas: estamos pasando de una era basada en
petróleo como principal fuente de energía a otra en la que una proporción cada
vez mayor de los insumos energéticos provendrán de energías alternativas, sobre
todo, de energías renovables derivadas del sol, el viento o las olas. Ahora
bien: ajústense los cinturones, porque será un viaje turbulento y bajo
condiciones extremas.
Sería ideal, naturalmente, si el paso del petróleo a sus sucesores más amigables
en términos ecológicos se produjera suavemente, a través de un macro-sistema,
bien coordinado e interconectado, de instalaciones de energía eólica, solar,
mareomotriz, geotérmica y otras renovables. Desafortunadamente, es poco probable
que esto ocurra. Lo más seguro es que antes atravesemos una era caracterizada
por un excesivo recurso a las últimas y menos atractivas reservas de petróleo y
carbón, así como a hidrocarburos “poco convencionales” pero altamente
contaminantes, como las arenas bituminosas de Canadá y otras alternativas
fósiles muy poco atractivas.
No hay dudas de que a Barack Obama y a varios miembros del Congreso les gustaría
acelerar el salto de la dependencia del petróleo a otras alternativas no
contaminantes. Como el propio presidente dijo en enero, “nos comprometemos con
la búsqueda firme, centrada y pragmática de unos Estados Unidos libres de la
dependencia [del petróleo] y dotados de un nuevo modelo energético y económico
que ponga a trabajar a millones de nuestros conciudadanos”. Ciertamente, de los
787.000 millones de dólares del paquete de estímulos que firmó en el mes de
febrero, 11.000 millones se destinaron a la modernización de la red eléctrica
nacional, 14.000 millones a incentivos fiscales a las empresas que inviertan en
energías renovables, 6.000 millones a programas estatales de mejora energética,
y miles de millones más a investigación en materia de energías renovables. A
estas medidas podrían sumársele otras similares en caso de que el Congreso
apruebe el proyecto de ley sobre cambio climático. La versión del mismo que
acaba de votar la Cámara de Representantes, por ejemplo, obliga a que en 2020 el
20% de la producción eléctrica de los Estados Unidos provenga de energías
renovables.
Pero también hay malas noticias. Incluso si estas iniciativas prosperan, e
inmediatamente se aprueban otras parecidas, todavía llevaría décadas reducir
sustancialmente la dependencia estadounidense del petróleo y de otras energías
contaminantes no renovables. Tal es nuestra demanda de energía y tan arraigados
están los actuales sistemas de distribución de combustibles que consumimos que,
salvo una sorpresa inesperada, lo que tenemos por delante son años en una tierra
de nadie entre la era del petróleo y un eventual florecimiento de las energías
renovables. A este ínterin podríamos llamarlo, por ponerle un nombre, era del
exceso energético. Y lo más seguro es que, en todos los aspectos imaginables,
desde los que tienen que ver con los precios hasta los vinculados al cambio
climático, sean tiempos difíciles.

Es inútil engañarse pensando en que esta nueva y sombría era traerá consigo
muchas más turbinas eólicas, placas solares y vehículos híbridos. Es posible que
la mayoría de nuevos edificios vengan equipados con paneles solares y que se
construyan más trenes ligeros. Pero lo más probable es que, en materia de
transportes, nuestra civilización siga dependiendo en lo fundamental de aviones,
barcos, camiones y coches movidos por petróleo. Y lo mismo puede aplicarse al
carbón en relación con la energía eléctrica. Buena parte de las infraestructuras
para la producción y distribución de energía permanecerán intactas, incluso
aunque las actuales fuentes de petróleo, carbón y gas natural comiencen a
agotarse. Todo ello tendrá una consecuencia: nos forzará a confiar en fuentes
fósiles hasta ahora no exploradas, mucho menos deseables y con frecuencia
bastante menos accesibles.
En las recientes proyecciones del Departamento de Energía sobre los niveles
futuros de consumo energético en los Estados Unidos pueden verse algunos
indicadores que anticipan esta combinación de combustibles en la nueva era.
Según el Panorama Anual de la Energía para 2009 elaborado por el Departamento,
se calcula que los Estados Unidos consumirán unos 114 cuatrillones de unidades
termales británicas (UTB) de energía en 2030. De este total, un 37% provendrá
del petróleo y otros líquidos disueltos en el petróleo; un 23% del carbón; un
22% del gas natural; un 8% de la energía nuclear; un 3% de la energía hidráulica
y sólo un 7% de la energía eólica y solar, de la biomasa y de otras fuentes
renovables.
Está claro que ninguno de estos datos permite prever un dramático abandono del
petróleo y otros combustibles fósiles. Teniendo en cuenta la tendencia actual,
el Departamento de Energía también prevé que incluso dentro de dos décadas, en
2030, el petróleo, el gas natural y el carbón aún representarán el 82% del
consumo primario de energía en los Estados Unidos, sólo dos puntos menos que en
2009 (No es descartable, desde luego, que un cambio dramático en las prioridades
nacionales e internacionales pueda conducir a un mayor crecimiento de las
energías renovables en las próximas décadas. Pero a estas alturas, un escenario
así es más una esperanza remota que un dato fiable).
Aunque los combustibles de origen fósil seguirán siendo dominantes en 2030, la
naturaleza de algunos de ellos, y la manera de adquirirlos, experimentarán
cambios profundos. Actualmente, la mayor parte de nuestro petróleo y de nuestro
gas natural proviene de fuentes “convencionales”: vastas reservas subterráneas
halladas en tierras o costas poco profundas y relativamente accesibles. Estas
reservas se pueden explotar de manera sencilla con tecnología conocida, sobre
todo a través de versiones más o menos modernas de los enormes pozos petroleros
que se hicieron famosos con la película There Will be Blood (Pozos de ambición,
en castellano), estrenada de 2007.
Como fuente de consumo global, sin embargo, la mayor parte de estos pozos están
a punto de agotarse. Ello forzará a la industria energética a recurrir cada vez
más a plataformas marinas que permitan buscar petróleo y gas a mayor
profundidad, a arenas bituminosas, a petróleo y gas proveniente del Ártico y a
gas extraído de rocas esquistosas a partir de técnicas altamente costosas y
ambientalmente riesgosas.
Según el Departamento de Energía, en el año 2030 estas fuentes no convencionales
proporcionarán el 13% de la oferta mundial de petróleo (en comparación con
apenas un 4% en 2007). Una tendencia similar se señala en materia de gas
natural, sobre todo en los Estados Unidos, donde se calcula que el porcentaje de
energía proveniente de fuentes no convencionales pero no renovables crecerá de
un 47% a un 56% en el mismo período.
La importancia de estas fuentes de aprovisionamiento es evidente para cualquiera
que siga los periódicos especializados en el mercado de la industria petrolera o
que simplemente lea de manera regular las páginas de negocios del Wall Street
Journal. Al margen de ello, no se han dejado de anunciar grandes descubrimientos
de nuevas reservas de gas y petróleo en sitios accesibles a las técnicas
clásicas de perforación y conectados a mercados clave a través de tuberías o de
rutas de comercialización ya existentes (o fuera de zonas de guerra activas,
como Iraq, la región del Delta del Níger o Nigeria). Sin embargo, aunque los
anuncios están ahí, prácticamente todos tienen que ver con reservas que se
encuentran en el Ártico, en Siberia o en aguas muy profundas del Atlántico o del
Golfo de México.
Hace poco, por ejemplo, la prensa anunció a bombo y platillo grandes
descubrimientos en el Golfo de México y en las costas de Brasil que en principio
permitirían dar algo de oxigeno suplementario a la era del petróleo. El 2 de
septiembre, la petrolera BP (la ex British Petroleum) anunció que había
encontrado un yacimiento gigantesco en el Golfo de México, a unos 400 kilómetros
al sudeste de Houston. Se calcula que cuando de aquí a unos años comience la
explotación, la prospección Tiber puede llegar a producir cientos de miles de
barriles de crudo por día, lo que reforzaría el status de BP como gran productor
en zonas marinas. “Esto es grandioso”, comentó Chris Ruppel, un alto analista en
materia de energía del Execution LLC, un banco de inversiones de Londres. “Las
mejoras tecnológicas nos están permitiendo liberar recursos que nadie había
descubierto o que resultaban demasiado costosos de explotar desde un punto de
vista económico”.
Con todo, si alguien concluyera que este yacimiento podría engrosar rápida o
fácilmente los insumos de petróleo del país, se equivocaría por completo. Para
comenzar, está situado a unos 10.600 metros de profundidad –más que la altura
del Monte Everest, como apuntó un periodista del New York Times- y bastante por
debajo del suelo del Golfo. Para llegar hasta el petróleo, los ingenieros de BP
deberán perforar kilómetros de roca, sal y arena comprimida, y deberán recurrir
para ello a un equipo muy costoso y sofisticado. Para poner las cosas aún más
difíciles, Tiber se encuentra justo en medio de una zona del Golfo regularmente
azotada por tormentas masivas y temporadas de huracanes. Cualquier perforadora,
pues, que pretenda operar en la zona, deberá estar diseñada para resistir
vientos y olas huracanados y para permanecer inactiva durante semanas cada vez
que los operadores se vean forzados a evacuar la zona.
En el caso del yacimiento de Tupi, el otro gran descubrimiento de los últimos
años, la situación es similar. Situado a unos 320 kilómetros al este de Río de
Janeiro en las profundidades del Océano Atlántico, Tupi ha sido a menudo
descrito como el más grande yacimiento de petróleo descubierto en 40 años. Se
calcula que podría albergar entre 5.000 y 8.000 millones de barriles de petróleo
recuperable, una cantidad que catapultaría a Brasil a la primera línea de
productores de petróleo. Siempre, claro, que los brasileños pudieran superar su
propia desalentadora lista de obstáculos: el yacimiento de Tipi tiene encima
unos 2500 metros de agua de mar y unos 4.000 metros de roca, arena y sal. Para
acceder a él hacen falta tecnologías de perforación novísimas y
super-sofisticadas. El coste estimado de toda la operación rondaría entre los
70.000 y los 120.000 millones de dólares y exigiría años de dedicado esfuerzo.
Si se consideran los elevados costes potenciales que comporta la recuperación de
ésta últimas reservas de petróleo, no sorprende que las arenas bituminosas de
Canadá sean la otra gran baza que el negocio del petróleo está dispuesto a
jugar. No se trata de petróleo en sentido convencional, sino de una mezcla de
arcilla, arena, agua y bitume (una forma muy pesada y densa de petróleo) cuya
extracción exige la utilización de técnicas de perforación propias de la minería
y cuya utilización como combustible líquido utilizable requiere un intenso
tratamiento previo. En realidad, el que las grandes empresas energéticas se
hayan disputado a codazos la compra de licencias para minar bitumen en la región
de Athabasca o en el norte de Alberta sólo se explica por su convencimiento de
que el petróleo convencional y fácilmente accesible se está agotando.
El minado de arenas bituminosas y su conversión en combustibles líquidos
utilizables es un proceso costoso y pleno de dificultades. La urgencia por
recurrir a él, en realidad, dice bastante sobre el peculiar estado de
dependencia energética en que nos encontramos. Los depósitos situados en la
superficie pueden extraerse mediante minería a cielo abierto, pero los que se
encuentran en zonas muy profundas del subsuelo exigen la utilización de vapor,
primero, para separar el bitumen de la arena, y luego para extraer el bitumen.
El proceso global consume enormes cantidades de agua y de gas natural
(necesarios, precisamente, para convertir el agua en vapor). Una parte del agua
utilizada proviene del propio yacimiento y se reaprovecha, pero una cantidad
importante suele ir a dar a la red de abastecimiento de agua de Alberta del
Norte, lo que ha generado el temor entre grupos ambientalistas acerca de una
posible contaminación a gran escala.
A estos inconvenientes pueden sumárseles otros, como el intenso proceso de
deforestación que la minería a cielo abierto implica o el alto consumo de un
bien preciado como el gas natural requerido para extraer el bitumen. Sin
embargo, la demanda de productos derivados del petróleo que nuestra civilización
ha desarrollado es tal que el objetivo es que las arenas bituminosas generen
unos 4,2 millones de barriles de combustible por día –tres veces la cantidad que
producen hoy- en 2030, incluso si ello supone devastar zonas enteras de Alberta,
consumir cantidades ingentes de gas natural, potenciar la contaminación
extensiva y sabotear los esfuerzos de Canadá para disminuir sus emisiones de
gases de efecto invernadero.
Al norte de Alberta es posible hallar otra fuente adicional de energía excesiva:
gas y petróleo del Ártico. Si hace tiempo ya era difícil sobrevivir en la
región, mucho menos se esperaba que produjera energía. Sin embargo, en la medida
en que el calentamiento global ha facilitado a las empresas el acceso a las
latitudes del Norte, el Ártico se ha convertido en objeto de una nueva fiebre
petrolera. La compañía estatal noruega StatoilHydro gestiona actualmente el más
importante yacimiento de gas natural del círculo ártico. Un sinnúmero de
empresas de diferentes lugares del mundo, a su vez, tienen en mente realizar
exploraciones en territorios árticos de Canadá, Groenlandia (administrados por
Dinamarca), Rusia y los Estados Unidos. Hasta las perforaciones en las costas de
Alaska podrían estar pronto a la orden del día.
No será sencillo, empero, obtener petróleo y gas natural del Ártico. Incluso si
el calentamiento global eleva las temperaturas y reduce el espesor de la capa de
hielo polar, las condiciones para la actividad petrolífera en invierno
continuarán siendo en extremo complicadas y riesgosas. Las tormentas feroces y
los cambios bruscos de temperaturas continuarán siendo moneda corriente. Todo
ello supondrá un alto riesgo para cualquier grupo humano desprovisto de los
correspondientes equipos de seguridad y un evidente obstáculo para el transporte
de energía.
Nada de esto, en cualquier caso, ha conseguido disuadir a unas empresas que,
ante el panorama de la inminente caída de los insumos petroleros, están
totalmente dispuestas a zambullirse en aguas heladas. “Sin perjuicio de las
condiciones adversas, el interés en las reservas de gas y de petróleo en el
extremo norte no ha hecho sino aumentar”, constata Brian Baskin en el Wall
Street Journal. “Prácticamente todos los productores ven el subsuelo del Ártico
como la próxima gran fuente de recursos”. Lo que resulta cierto para el
petróleo, lo es también para el gas natural y el carbón: la mayoría de los
depósitos convencionales accesibles se están agotando rápidamente. Lo que queda
son, básicamente, fuentes “no convencionales”.
Los productores estadounidenses de gas natural, por ejemplo, han registrado un
significativo aumento de la producción local, lo que ha provocado una
disminución de precios considerable. Según el Departamento de Energía, se
calcula que la producción de gas de los Estados Unidos pasará de los 20 billones
de pies cúbicos en 2009 a los 24 billones en 2030. Una auténtica bendición para
los consumidores norteamericanos, cuya calefacción doméstica y cuya electricidad
dependen en buena medida del gas natural. En todo caso, el propio Departamento
de Estado ha señalado también que “la mayor contribución al crecimiento de la
producción de gas natural en los Estados Unidos ha provenido del gas natural no
convencional, ya que la subida de precios y las mejoras en las tecnologías de
perforación han proporcionado los incentivos económicos necesarios para la
explotación de recursos más costosos”.
La mayor parte del gas no convencional en los Estados Unidos se obtiene de
arenas compactas, pero hay un porcentaje cada vez mayor que se extrae de rocas
esquistosas a través de un proceso conocido como de fractura hidráulica. En
virtud del mismo, se fuerza la entrada de agua en formaciones subterráneas de
esquisto con el propósito de partir la roca y liberar el gas. Las cantidades de
agua empleadas en este proceso son cuantiosas, y los ambientalistas temen que
parte de la misma, lastrada de contaminantes, pueda acabar en las redes de
suministro de agua potable. Por otro lado, hay muchas zonas en las que el agua
como tal es un recurso escaso, de manera que la desviación de cantidades
considerables para la extracción de gas bien puede disminuir las cantidades
disponibles para agricultura, preservación del hábitat y consumo humano. Con
todo, se calcula que la producción de gas proveniente de esquisto saltará de los
dos billones de pies cúbicos anuales en 2009 a los cuatro billones en 2030.
El panorama en materia de carbón es más o menos similar. Muchos ambientalistas
han denunciado la quema de carbón, ya que genera más gases de efecto invernadero
por BTU producida que cualquier otro combustible fósil. No obstante, la
industria nacional de la electricidad continúa recurriendo al carbón porque
sigue siendo relativamente barato y disponible. Lo cierto, en todo caso, es que
las fuentes más productivas de antracita y carbón bituminoso –las que contienen
el mayor potencial de energía- están exhaustas. Por tanto, y al igual que ocurre
con el petróleo, lo que queda son sólo las fuentes menos productivas y vastos
depósitos de un carbón con bajo contenido bituminoso, muy poco atractivo y
altamente contaminante, en la zona de Wyoming.
Para acceder a lo que resta del más valioso carbón bituminoso de los Apalaches,
las compañías mineras recurren cada vez más a una técnica conocida como de
remoción de la superficie de la montaña. John M. Broder, del New York Times, ha
descrito este proceso como una “voladura de la superficie de las montañas en la
que los restos de roca son arrojados a los valles y corrientes de agua”. No por
casualidad, esta técnica ha sido fuertemente objetada por los ambientalistas y
residentes de la zona rural de Kentucky del oeste de Virgina, cuyas fuentes de
agua resultan amenazadas por el vertido de restos de roca, polvo y una variedad
de contaminantes. En cambio, recibió el decidido apoyo de la Administración
Bush, que en diciembre de 2008 aprobó una normativa que permitía ampliar
extensivamente su uso. El Presidente Obama se ha comprometido a derogar esta
normativa, pero para favorecer la utilización de “carbón limpio” como parte de
una estrategia energética de transición. Queda por ver hasta donde podrá ceñir
las bridas a la industria del carbón.
En definitiva: no nos engañemos. Estamos lejos de entrar (al menos todavía) a la
tan proclamada era de las energías renovables. Ese día glorioso llegará,
eventualmente. Pero no hasta avanzado el siglo y no sin que la búsqueda febril
de viejas formas de energía haya causado una considerable cantidad de daño al
planeta.
Mientras tanto, la era del exceso energético se caracterizará por una
dependencia cada vez mayor de las fuentes menos accesibles y deseables de
petróleo, carbón y gas natural. A lo largo de este período seguramente
asistiremos a una intensa lucha en torno a las consecuencias ambientales del
recurso a fuentes tan poco atractivas de energía. Las grandes empresas del
petróleo y del carbón crecerán aún más, al tiempo que los relativamente
moderados precios actuales del combustible y de la energía crecerán,
principalmente como consecuencia de los elevados costes del proceso de
extracción de petróleo, gas y carbón en áreas de difícil acceso.
Sólo hay una cosa, desafortunadamente, segura: la era del exceso energético
acarreará intensas batallas geopolíticas por el control de las fuentes
remanentes entre los mayores productores y consumidores de energía, como los
Estados Unidos, China, la Unión Europea, Rusia, India y Japón. Rusia y Noruega,
por ejemplo, ya tienen abierto un contencioso fronterizo en el mar de Barents,
una promisoria fuente de gas natural en el extremo norte. China y Japón, por su
parte, han tenido desencuentros similares en torno al Mar de China Oriental, un
área que alberga otro gran yacimiento gasífero. Todos los países del Ártico
–Canadá, Dinamarca, Noruega, Rusia y los Estados Unidos- han reclamado sus
derechos sobre porciones muchas veces coincidentes del Océano Ártico, lo que ha
generado inéditas disputas fronterizas en estas zonas ricas en energía.
Ninguna de estas disputas ha derivado aún en un conflicto violento, pero ya han
tenido lugar algunos despliegues de buques y aviones de guerra y es posible que
los ánimos se caldeen a medida que aumente la consciencia del valor de los
recursos en juego. No hay que olvidar, al mismo tiempo, que de hecho ya existen
algunos puntos calientes ligados a la lucha por la energía en Nigeria, Oriente
Medio y la Cuenca del Caspio. En la era de los límites energéticos que se
avecina, por fin, tampoco pueden descartarse conflictos en torno a las cada vez
más apetecibles zonas en las que la energía es simplemente accesible.
Para muchos de nosotros, la vida en la era del exceso energético no será fácil.
Los precios de la energía aumentarán, los peligros ambientales se multiplicarán,
cantidades cada vez mayores de dióxido de carbono irán a parar a la atmósfera y
el riesgo de conflictos crecerá. Sólo tenemos dos opciones para acortar esta
complicada era y mitigar su impacto. Las dos son absolutamente obvias, lo cual,
desafortunadamente, no hace más fácil su puesta en práctica: acelerar de manera
drástica el desarrollo de fuentes de energía renovable y disminuir sensiblemente
nuestra dependencia de los combustibles fósiles, reorganizando nuestras vidas y
nuestra civilización de manera que tengamos que recurrir menos a ellos en todo
lo que hagamos.
Puede que esto suene demasiado sencillo, pero intenten decírselo a los que
gobiernan el mundo. A las grandes empresas de la energía. Lo último que hay que
perder es la esperanza, y hay que trabajar por ello. Pero mientras tanto,
mantengan ajustados los cinturones de seguridad. El viaje en montaña rusa está a
punto de comenzar.
Michael T. Klare es profesor de estudios de Paz y Seguridad Mundial en el
Hampshire College. Su último libro es Rising Powers, Shrinking Planet: The New
Geopolitics of Energy (Metropolitan Books).
Traducción para http://www.sinpermiso.info/: Xavier Layret
Fuente: http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=2788

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